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lunes, 2 de noviembre de 2009

Atalanta

En los cuentos antiguos hay muchas historias de niños que se pierden en el bosque y son criados por los animales. Una de las más famosas, que siempre gusta mucho a las niñas, es la historia de Atalanta, la princesa que llegó a ser la mejor cazadora de Grecia.


Peter Paulus Rubens, «La caza del jabalí de Calidón», hacia 1620.


Atalanta nació en Arcadia, una región de Grecia que en aquellos tiempos estaba llena de espesos bosques de encinas y quejigos. Un día, siendo casi un bebé, una malvada bruja la separó de sus padres y la abandonó en lo más profundo del bosque, pensando que moriría de hambre y de frío.

La suerte hizo que por allí pasara una enorme osa con sus dos ositos, que al instante se encapricharon de la niña, que dormía envuelta en una colcha blanca. Desde entonces, una espesa piel marrón le daba calor cuando tenía frío y un hocico húmedo le enseñaba a buscar comida en el bosque.

Había luchado, jugando, con los ositos, revolcándose sobre la hierba y las hojas. Había aprendido de ellos a esconderse para escapar de los cazadores, a reconocer a los animales amigos y a esquivar a las fieras enemigas. Hasta a hablar había aprendido sola, espiando a los cazadores que acampaban en el bosque durante sus noches de cacería.

Un día, mientras acechaba a una liebre, oyó el silbido de una flecha y se tumbó boca abajo, inmóvil. - Qué raro –se dijo-, los cazadores nunca me habían sorprendido-. Y no había ruido de pasos en la hojarasca ni ladridos de perros.

Alzó los ojos y entre las jaras apareció una joven vestida con una túnica muy corta, ceñida con un cinturón de cuero del que colgaba un cuchillo, y con un carcaj de flechas a la espalda. Así fue como Atalanta conoció a Diana, la diosa de la caza y de los bosques.

- Ven –dijo Diana- haré de ti una cazadora.

Desde entonces, Atalanta vivió con la tribu de ninfas que acompañaba siempre a Diana. Se convirtió en una de ellas: vivían cazando en el bosque, más hábiles que los más expertos cazadores para disparar una flecha, preparar una trampa o seguir el rastro de las fieras.


Francois Boucher, «Diana Saliendo del Baño», 1742.

Un día del comienzo del invierno, cuando los castaños ya han perdido sus hojas, llegaron extrañas noticias de Calidón, una ciudad cercana. Al parecer, un enorme jabalí estaba devastando los campos de labor. Por la noche se acercaba a los pueblos y desenterraba las raíces de las vides, mataba las gallinas y destrozaba los almacenes donde se guarda el trigo.

Lo terrible del caso era que más de un cazador había salido en su busca para matarlo, pero ninguno había vuelto a su casa. El rey de Calidón ofrecía ahora una enorme recompensa al que fuera capaz de matarlo.

En la fría mañana en que se reunieron en la plaza de la ciudad, todos pudieron ver que allí habían viajado los mejores cazadores de Grecia. Estaban los gemelos Cástor y Pólux, el gran Meleagro, famoso por su pericia con la lanza, el príncipe Peleo, que sería padre de Aquiles, Teseo, que luego se hizo famoso por la muerte del Minotauro, y muchos más. El rey los saludaba a todos y les deseaba mucha suerte en la caza del monstruo.

En ese momento llegó Atalanta y un gran murmullo se levantó por toda la plaza.

- ¿Quién eres?

- Vengo a la cacería.

Los mozos que estaban al cuidado de los perros se echaron a reír y llamaron a los soldados de la guardia, que se acercaron curiosos.

- ¿Eres un chico o una chica? Creo que te has equivocado de lugar, vete al pueblo del que te hayas escapado, regresa a cuidar las cabras de tu padre, un jabalí no es como una cabra.

- Tengo arco y flechas. Me parece que es bastante. Me llaman Atalanta, escríbelo, si sabes escribir, porque yo mataré al jabalí.

Todos se pusieron a reír y en ese momento pasó sobre ellos una urraca, muy alta en el cielo. Atalanta sacó una fecha de su carcaj, la ajustó en su arco, tensó la cuerda y, casi sin que se dieran cuenta, derribó el ave de un disparo certero.

- Pienso que se ha ganado un sitio en esta cacería- dijo Teseo-. Todos celebraron la destreza de Atalanta con el arco, aunque todavía no confiaban mucho en esa muchacha de aspecto débil y desaliñado.

- Ya veremos si es tan valiente con el jabalí- decían muchos. Y comenzaron a adentrarse en el bosque, con los perros por delante, husmeando el rastro de la fiera.

El jabalí parecía haber desaparecido. Atalanta, que por haber vivido siempre en los bosques los conocía mejor que nadie, avanzaba atenta a la menor señal, estudiaba las huellas, olía el viento. Tenía siempre una flecha preparada para no perder la ocasión de herir a su presa.

Dante Gabriel Rossetti, «La caza del jabalí», hacia 1865.

De repente, se oyeron en el bosque gritos de terror y dolor. El jabalí había salido y, en lugar de huir, atacaba a la partida de cazadores. Sus colmillos no perdonaban. Se produjo una terrible confusión en la que mató a dos cazadores y a varios perros.

En este momento, Teseo hubiera podido matar al jabalí porque se le puso a tiro; sin embargo, los perros le estorbaban la vista, y no se atrevió a soltar la fecha por miedo a herir a uno de ellos.

No sucedió lo mismo con el arco de Atalanta. Erguida detrás de un arbusto, tranquila, precisa, la muchacha apuntó al corazón e hirió al jabalí, que se revolcó gritando. En ese momento, el príncipe Meleagro saltó encima de él y lo remató con su lanza.

- Recordad este día compañeros –dijo Peleo- puesto que Atalanta nos ha demostrado a todos que una mujer puede ser tan buena cazadora como un hombre.

Años más tarde, cuando Atalanta tuvo muchas más aventuras, en invierno siempre se le vio vestida con un capote hecho de la piel de un jabalí. Era una piel especialmente grande y oscura, y la gente la señalaba diciendo: «Ella mató al monstruo, logró lo que no consiguieron cien príncipes, y su gesta será recordada durante cuatro mil años».

martes, 20 de octubre de 2009

Krishna y la boda de Radha

Lo primero que debéis saber en esta historia es que Krishna es un héroe muy famoso de la religión hinduista, tan famoso como lo fue Hércules aquí en Europa. Sus hazañas le llevaron a ser considerado un auténtico Dios, adorado por millones de personas en todo el Mundo.

Antes de llegar a ser un Dios, el joven Krishna fue pastor, y recorría con su rebaño de vacas y su flauta las fértiles praderas del norte de la India, siempre cerca del bosque y del río, donde están los mejores pastos.

En su deambular con las amables vacas, siempre se encontraba otros rebaños, casi siempre conducidos por las Gopis, las jóvenes pastorcillas de un pueblo cercano.

Krishna no vivía en el pueblo, sino en una cabaña de troncos y cañas en medio de la selva, con lo que sus conversaciones con las Gopis eran su único contacto con el mundo de los hombres.

Le encantaban sus vestidos llenos de colores y sus alegres canciones, que podía escuchar cuando se acercaban al río a lavar o a dar de beber a su rebaño. Sus voces eran tan distintas de los cantos de los pájaros a los que estaba acostumbrado…

De entre todas las Gopis, la favorita de Krishna era Radha, que tenía una piel tan morena como él y que siempre llevaba un vestido dorado, verde y azul. Se pasaban las tardes tocando la flauta, recogiendo flores en los límites de la selva y observando las mariposas.

Cuando alguna vaca de Radha se perdía, Krishna la localizaba con su fino olfato y con la ayuda de los pájaros –sus amigos-. En el pueblo se decía que Radha era sin duda la mejor pastora y que encontraría un novio muy bueno para hacer una boda ventajosa.

En realidad, Radha no quería casarse, o al menos no quería casarse con otro que no fuera Krishna; pero nuestro héroe ya le había dicho más de una vez que no quería bodas, que su vida estaba hecha para la aventura y para el viaje. Era mejor que buscara un buen marido, y él la visitaría de vez en cuando para compartir la flauta, la selva y las mariposas.

Los padres de Radha encontraron un novio y a ella le gustó. Era también pastor, pero de ovejas y cabras, de un pueblo cercano. Era cazador de faisanes con su arco, más alto que Krishna y con la piel más pálida. Risueño y bailador, sería un buen padre y un buen compañero.

Se fijó el día de la boda, y el padre de Radha compró ocho barriles de vino oscuro y dulce para el banquete. De camino a su pueblo, la mala suerte provocó que una rueda del carro donde llevaban la comida se partiera, derramando el vino de siete de los ocho barriles.

Al borde del camino, Radha y su padre lloraban desconsolados en el momento en que apareció Krishna, con su flauta y su callado. –Seguro que no podrá haber boda, puesto que no tenemos dinero para más vino-. –Un banquete sin vino da mala suerte, y los invitados dirán que no vamos a ser felices-.

-Eso son tonterías- dijo Krishna- la buena suerte la da el amor y no el vino; pero creo que podremos arreglarlo. Dejad todos los barriles aquí mismo, los siete vacíos y el lleno, y regresad mañana al amanecer, antes de la boda.

Cuando ya había anochecido, Krishna entró en el pueblo con su flauta y fue despertando a todas las pastoras Gopi, que descansaban después de un día apacentando el ganado.

- Venid conmigo, os necesito.

Llevaron los barriles al borde del río, donde comienza la selva, y Krishna dio instrucciones de repartir el vino del único barril lleno entre los ocho barriles.

Conducidas por nuestro héroe, las Gopis añadieron agua fresca al vino hasta llegar a la mitad de cada barril, y comenzaron a recorrer la selva buscando mangos, naranjas y piñas, que iban pelando, exprimiendo y añadiendo a la mezcla.

Muchos grupos de monos y de cotorras, amigos de Krishna, se unieron al trabajo, señalando a las Gopis los mejores naranjos y las frutas más dulces; mientras que las luciérnagas iluminaban la oscuridad del bosque.

Krishna buscó en su zurrón y sacó un tarro de miel, un puñado de cortezas de canela y una raíz de jengibre, que repartió entre los barriles. También pudo añadir leche recién ordeñada de una enorme vaca que apareció de lo más profundo de la selva. El animal era el más blanco que nunca se había visto por la comarca, y por la mañana fue ofrecido como regalo de boda a Radha y a su marido.

- Podéis ayudarme a montar los barriles en el carro, hemos terminado.

Aunque quedaban ya pocas horas para el amanecer, hacía una temperatura estupenda y las Gopis aprovecharon para bañarse y jugar en el río. El futuro Dios del amor tocaba la flauta desde una rama a la luz de la luna, y en el futuro siempre recordaría esa noche como la más feliz de su larga vida.

La boda de Radha se hizo muy famosa por el exquisito refresco que sustituyó al vino, una bebida que puso una sonrisa en los corazones de todos los invitados y que pronto se hizo muy popular en la India.




Radha y su marido siempre agradecieron el regalo que les hizo la selva… el vino de Krishna.


Todas las láminas proceden de grabados hindúes anónimos del siglo XIX, recopilados en diversas revistas de arte.

Cuentos sobre Mitología

Un Mito es una historia sagrada que narra un acontecimiento sucedido durante un tiempo primigenio, en el que el mundo no tenía aún su forma actual. Muchos de los acontecimientos de la naturaleza se pueden explicar como consecuencia de los sucesos narrados en el mito.


Este tipo de historias servían como fábulas moralistas o como ejemplos que servían en la formación de los jóvenes. También hay textos que, aunque en apariencia tienen un contenido lúdico, anecdótico o de entretenimiento, ocultan mensajes que sólo podrían ser descifrados si contáramos con todos los antecedentes culturales de las gentes que conformaron estos relatos.


Las entradas clasificadas en este “Tema” tienen origen en una serie de cuentos que he venido relatando a mis hijas al acostarlas, un poco harto de princesas, enanos y dulces huerfanitos.


Cualquier experto en Mitología griega, sumeria o india encontrará múltiples errores en estas historias; sin embargo, el lector tiene que hacerse a la idea de que el objetivo de estos cuentos no es relatar la versión comúnmente aceptada de la historia de un héroe o de un dios de la antigüedad.


Mi idea siempre ha sido acercar el Mito clásico a los niños, con historias más simples y con un mensaje más contemporáneo. Ahora las publico para que el lector pueda darles el uso que desee.


En la foto, «Centáuro y Fauno», Escultura del período Helenístico, hacia el 250 a.C., Museo del Louvre, París.